n° 75 sábado 27 abril 2002 número atrasado
En este número:



El arte perverso del lloriqueo, por Giancarlo Livraghi
Pregúntenle a Google



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¡Atención! El Jefe lee tus mensajes de ICQ
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El arte perverso del lloriqueo
Por Giancarlo Livraghi

Estamos naufragando en los lloriqueos. Chiagni e fotti, dice un antiguo e intraducible proverbio napolitano. Parecería que este falso arte es practicado hoy con inusitada frecuencia y desfachatez. Entre lágrimas de cocodrilo, prevaricadores disfrazados de víctimas y justificaciones falsamente piadosas para toda clase de fiascos o de trampas - corremos el riesgo de hundirnos en un pegajoso y viscoso pantano.

Entre los más apasionados cultores del lloriqueo están los insufribles del spamming. Dicen que no es culpa de ellos, que fuimos nosotros quienes hemos pedido esas cosas (aunque no lo hayamos hecho ni en sueños), que desistirán de inmediato si nos borramos (cosa que en la práctica resulta difícil, si no imposible). A menudo se disfrazan de sostenedores de alguna imaginaria "causa" benéfica. Hay algunos"casi de buena fe", en el sentido de que algún ladronzuelo vendedor de direcciones hace circular listas falsas asegurando mentirosamente que esas personas han decidido voluntariamente recibir cosas de ese tipo. Desafortunadamente las defensas son escasas - aun cuando con un poco de adiestramiento no es difícil reconocer la basura y tirarla sin leerla. En casos extremos, un remedio hay... cambiar la mailbox cada dos o tres meses y así volverse difíciles de encontrar.

Están los propulsores de proyectos delirantes que, después de haber gastado o hecho gastar un montón de dinero para nada, se justifican con una imaginaria crisis. Incluidos los grandes monopolistas públicos como Deutsche Telecom, que después de haberse prestado al enorme bluff del Umts ahora declara que pierde dinero porque había pagado demasiado por la licencia de una tecnología que parecía la piedra filosofal - mientras nadie sabe si, cómo o cuándo podrá encontrarle una aplicación. Y "tendamos un manto de piedad" sobre los manejos y embrollos en la imitación italiana de este asunto.

Están los vendedores de "banda ancha", afligidos por la sobreabundancia de una mercaderí útil sólo para pocos, que tratan de embocarla a todos a un precio exagerado. Visto el fracaso, piden subvenciones públicas - y existe el riesgo de que la obtengan.

Está, por enésima vez, la Fieg, el poderoso lobby de los editores de diarios, que hace dos años tuvo ganancias extraordinarias y "pasada la fiesta" debe conformarse con ganar un poco menos. Pero llora miseria y pide subsidios, como lo ha hecho siempre. Y después de medio siglo de furibunda guerra contra la televisión, esta vez se la encuentra aliada con las grandes emisoras, que obviamente gozan de la benevolencia del poder.

Está quien hace morir buenas iniciativas, o las sofoca antes de que nazcan, invocando "tiempos difíciles" (hasta el punto de atrincherarse detrás de cosas sobre las cuales se debe verdaderamente llorar, como la tragedia del 11 de septiembre y el problema del terrorismo - que obviamente no tienen nada que ver con estos comportamientos miopes y presuntuosos). Mientras se sigue gastando mucho más en cosas mucho menos útiles.

Está quien ha hecho perder a los ahorristas un montón de dinero en la bolsa (con el mito de la new economy o sin él) y hoy se aprovecha de hechos resonantes como la estafa Enron (que no es, en lo más mínimo, un hecho aislado) para fingirse inocente y disfrazarse de víctima.

Está quien nunca entendió qué cosa es la internet (ni cómo puede ofrecer algún servicio realmente útil y recibir honestamente una ganancia merecida) y manifiesta su crónico y mal disimulado odio contra la red proclamando que "no puede ser gratis" y tratando de inventar algún truco para adueñarse de un camino e imponer un peaje, como los "barones ladrones" del medioevo.
Todo este lloriqueo sería sólo estúpido si no fuera perverso. Sería sólo cómico si no fuera peligroso. El problema no es sólo que los profetas de la desventura traen desgracia. Está también el hecho de que si todos buscan agarrar un pedazo de torta, y nadie está en la cocina, al final quedan algunas migajas enmohecidas. Sería mejor si los llorones se quitaran de en medio y alguno se pusiera a trabajar.

(*) Por gentil concesión de Giancarlo Livraghi, autor, entre otras cosas, de La coltivazione dell'internet y el reciente L'umanità dell'internet

Copyright "Portel". Artículo publicado por gentil concesión de Portel, el portal de la telefonía

Pregúntenle a Google

Grandes novedades de Google: ahora el más eficiente motor de búsqueda decide tentar el difícil camino de la personalización de las respuestas, acompañada por un sistema de pago que no se basa en tarifas fijas, sino en la disponibilidad del usuario a pagar por lo que necesita.

El usuario que tiene apuro, el inexperto o el que necesita respuestas cuidadas y precisas, no encuentra muy útiles las largas listas en las cuales a veces se pierde. Sin contar que los fríos automatismos de las respuestas crean una relación impersonal entre el usuario y el servicio.

En cambio, la tendencia actual se inclina hacia una mayor personalización e interactividad de los servicios, sin contar que también una actividad de éxito como Google debe encontrar un camino que lleve a mayores ingresos.
Así es como el famoso motor de búsqueda crea una especie de "Señor Google" que responde directamente a cualquier pregunta, de cualquier usuario, sobre cualquier tema de todo el saber humano.

Obviamente el "Señor Google" no es otra cosa que un ejército de expertos en todos los campos, que se ponen a disposición del motor de búsqueda para responder personalmente a las preguntas de los usuarios.
Respuestas tan personalizadas y precisas tienen obviamente un costo, pero la novedad del sistema de pago está en el hecho de que no hay tarifas fijas. Es el usuario quien, junto a la pregunta, especifica cuánto está dispuesto a pagar para obtener la respuesta. Se va de los 4 dólares por la pregunta más simple a los 50 dólares por las más complejas. Se paga también en función de la urgencia de la respuesta. Se puede elegir esperar una semana, un mes o incluso un año por la respuesta. Más prisa se tiene, más se debe pagar.

El usuario paga, con tarjeta de crédito, cuando ha recibido la respuesta, y el 75% de lo que ha pagado va al experto como honorarios por su intervención. Para utilizar el servicio, que aún está en fase de prueba, hay que registrarse y pagar un costo de activación de medio dólar.
La idea de un servicio de preguntas y respuestas personalizadas no es ciertamente nueva. Por ejemplo ya existe desde 1998 el servicio AllExperts que pone a disposición una vasta gama de expertos voluntarios para responder a todas las preguntas que reciben. La idea de fondo es similar a la de Google, pero con algunas profundas diferencias. AllExperts es gratuito, mientras Google no lo es. AllExperts garantiza que la mayor parte de las respuestas llegan en el lapso de un día. Google es más lento si no se está dispuesto a pagar algo más. AllExperts está online desde hace mucho tiempo y por lo tanto está bastante probado. Google inicia sólo ahora la aventura, por un lado con todas las dificultades derivantes de una iniciativa de este tipo, pero por el otro lado poniendo en el campo toda la eficacia de su motor de búsqueda.

El sueño de recolectar todo el saber humano en una única gran estructura es un sueño antiguo del hombre y a menudo se cruza con el sueño de realizar algo que asemeje a un Oráculo Global, una estructura, una institución o cualquier cosa capaz de responder a cualquier pregunta. Quizás precisamente Internet realizará algo que asemeje a estas antiguas aspiraciones humanas. Como dicen en el sitio de AllExperts, cada experto que actúa en Internet puede ser visto como un chip o circuito de una gigantesca computadora humana que está muy cerca de realizar el antiguo sueño de poder responder a cualquier pregunta, o casi. Los de Google o los de AllExperts son por ahora los primeros intentos: el camino es largo, pero la dirección ya está marcada.